
No falta cultura, faltan lugares para reunirnos
Lo que el crecimiento del CineClub Tierra Baldía dice sobre la ciudad, la necesidad de encuentro y el lugar de la cultura en el actual clima social peruano.
Por
Elsie Ralston
Hay un error frecuente cuando se habla de cultura en una ciudad: creer que el problema es la falta de demanda. Pero a veces el vacío está en otro sitio. No faltan necesariamente películas, conciertos o libros. Faltan lugares donde esas experiencias puedan volverse conversación, y sobre todo, un hábito vinculante. Faltan espacios donde la cultura no pase por delante de nosotros, sino que nos reúna.
Ese es el punto desde el cual vale la pena mirar el crecimiento del CineClub de Tierra Baldía.
Una ciudad con pantallas, pero con pocos rituales compartidos
Hoy, ver una película parece más fácil que nunca. Está en todas partes: plataformas, redes, fragmentos, recomendaciones automáticas, consumo rápido. Sin embargo, esa abundancia no siempre produce experiencia. Miramos más pantallas, pero definitivamente compartimos menos. Comentamos más, pero conversamos menos. Accedemos a miles de imágenes, pero cada vez son menos los lugares donde una película puede convertirse en una pausa real, en una discusión, o en una forma de estar con otros.
Ahí aparece una pregunta preocupante: ¿qué pasa cuando una ciudad pierde costumbre de reunirse alrededor de la cultura?
No se trata de nostalgia. Se trata de resaltar que la vida cultural necesita algo más que contenido: necesita tiempo, continuidad, cercanía y un espacio capaz de sostener el encuentro.
Un proyecto pequeño que no quería parecer más de lo que era
El CineClub Tierra Baldía no nació como una gran promesa. Empezó pequeño, como empiezan las cosas que de verdad buscan encontrar su forma: con una idea concreta, una escala manejable y la voluntad de abrir un espacio para el cine y la conversación audiovisual en la casa. Su origen, lejos de cualquier grandilocuencia, está más cerca del gesto de probar que del afán de imponer una marca de consumo masivo.
Y quizá por eso encontró tan rápido su lugar.
Porque hay iniciativas que crecen no cuando se promocionan más, sino cuando tocan una necesidad precisa. Eso parece haber ocurrido aquí. Lo que en un inicio podía leerse como una programación puntual, fue tomando fuerza hasta instalarse como parte reconocible de la vida del espacio. Pero no por accidente, esto responde a la insistencia y cuidado de sus promotores y asistentes.
El crecimiento, además, ya no es solo una intuición: tiene forma. El CineClub ha ampliado su programación a dos fechas por semana, no como gesto de expansión forzada, sino como respuesta a una demanda real. Cuando una iniciativa cultural necesita abrir más de una cita semanal para acompañar a su público, ya no estamos frente a una apuesta experimental: estamos frente a un hábito que empieza a consolidarse.
Lo que se activa cuando una película deja de ser solo una película
La asistencia a una actividad cultural dice algo. Pero la repetición dice mucho más. Cuando la gente vuelve, ya no estamos ante la curiosidad inicial. Estamos ante el reconocimiento de una necesidad cubierta. El público empieza a incorporar ese espacio a su mapa afectivo de la ciudad. Sabe que ahí va a encontrar una experiencia específica. No solo una película, sino una atmósfera, una conversación posible, una forma de ver acompañada.
Eso es lo que vuelve significativo el crecimiento de un cineclub. No el número bruto, sino el tipo de relación que construye. Un ciclo así no se fortalece únicamente porque programa películas; se fortalece porque genera confianza y ofrece una cita recurrente con algo que no está garantizado en otros lados: atención compartida.
La película importa, por supuesto, pero no termina en los créditos. Continúa en la conversación, en el desacuerdo, en la asociación inesperada, en la memoria que alguien trae, en la lectura política o íntima que aparece después. Lo central no es solo lo que se proyecta, sino lo que se habilita alrededor de esa proyección.
Tierra Baldía y una vocación anterior al CineClub
En el caso de Tierra Baldía, el crecimiento del CineClub no aparece como una rareza dentro del espacio, sino como una prolongación bastante natural de su historia. Desde sus inicios, el proyecto ha sido narrado como una casa cultural orientada al encuentro, a la circulación de artistas, ideas y públicos, y a la construcción de comunidad desde una programación diversa.
Eso importa, porque explica por qué el CineClub pudo arraigarse. No llegó a un vacío. Llegó a una casa que ya entendía la cultura no como decoración, sino como práctica cotidiana: recitales, conversaciones, exposiciones, música, ferias, encuentros. El cine encontró un ecosistema donde podía respirar.
“Esfuerzos ciudadanos como los del Centro Cultural Tierra Baldía demuestras que la cultura no es un lujo, sino una forma de sostener a nuestras ciudades.”
A veces se habla del impacto de la cultura como si hubiera que defenderla desde afuera, justificándola con argumentos instrumentales. Pero quizá conviene empezar por algo más elemental: una ciudad sin espacios culturales compartidos se empobrece, aunque tenga actividad comercial, pantallas y movimiento.
La cultura sostiene más de lo que parece. Sostiene economías creativas, sí, pero también circuitos de confianza, vínculos barriales, trabajo colaborativo, formación de públicos, circulación de pensamiento, hospitalidad urbana. Organismos internacionales como UNESCO y la OCDE han insistido en que la participación cultural contribuye tanto a la cohesión social como al dinamismo económico.
Pero esa afirmación se entiende mejor cuando baja a escala. Se entiende en lugares como Tierra Baldía, donde una actividad no llega sola: arrastra conversación, movimiento, presencia, colaboración, consumo local, visibilidad para artistas y continuidad para una comunidad que se va reconociendo en el tiempo.

Imagen de portada cortesía de Jeremy Yap.